"Anunciación". De la serie: "A espaldas de la noche". 2019. 80cm x 60cm. óleo/lienzo.

“Imagen y desafío”. David Mateo

“Imagen y desafío”.

Los cuadros figurativos realizados por Javier Ampudia, en los que aparecen una serie de cartulinas o papeles estrujados, no deberían ser evaluados solamente desde un punto de vista formal, compositivo; mucho menos intentar cualquier análisis sobre sus niveles de significación teniendo en cuenta, únicamente, los procesos técnicos, aun cuando nos parezcan los aspectos más sobresalientes.

Si partiéramos en exclusiva de las nociones metodológicas de esas obras, no tendríamos otra opción que circunscribirnos a un plano de juicio primario, en el que podrían exaltarse los siguientes aspectos: la presencia de una realidad hábilmente simulada; el testimonio de un creador entrenado en el escudriñamiento de la materia; los indicios de una sensibilidad aguda, incisiva, dispuesta a registrar con eficacia los niveles de ductilidad de determinadas superficies, el modo en que las luces y sombras, los planos y contornos, se comportan frente a algunas fuerzas de compresión ejercidas sobre ellas.

Quizás para algunos esta perspectiva de valoración básica, tecnicista, sea más que suficiente; que no crean necesario ir más allá y prefieran quedarse con la pericia demostrada en el dibujo y la pintura; espectadores dispuestos a aceptar sin objeción alguna la coartada de presunción del artista; deseosos de regodearse en ella, de acreditarla entre los corredores públicos de una galería o en el más íntimo rincón del hogar. Y no deberíamos juzgarlos, incluso, por adoptar tal decisión; ni tan siquiera por negarse a encarar otra posible autoridad revocativa. Las artes plásticas tienen infinitos recursos de empatía; la familiaridad con los códigos expresivos y la predisposición estética, son algunos de los más maleables, y todavía nos estamos resistiendo a la idea de tener que lidiar con ellos.

Pero, aun así, me siento en el compromiso de hacer unas breves acotaciones sobre la muestra de Javier Ampudia. Es cierto que la figuración hiperrealista es una vertiente reservada hoy día a un número reducido de autores capacitados, diestros, entre los que podría estar Javier Ampudia (conozco unos pocos también en Pinar del Río, su provincia de residencia); y que no contamos en la actualidad con paradigmas de esa tendencia o con un acervo pedagógico suficientemente sólido para reimpulsarla en las academias o dentro del medio. Pero también es cierto que el hiperrealismo está atravesando por una crisis de credibilidad desde hace algunos años en el ámbito artístico cubano, lo cual tiene que ver -en lo fundamental- con la inconsistencia en la elección de ciertas temáticas y sus enfoques. Este inconveniente posee además el añadido de que se produce dentro de un contexto bastante irreverente, receloso de cualquier tipo de propuesta visual imitativa, realista, y sobre todo fuertemente condicionado aún por los procedimientos y artificios del expresionismo.

¿Qué objeto elegir entonces para la representación de carácter hiperrealista? ¿Cómo abordarlo de manera que su condición insinuativa no se abstraiga o disuelva? ¿Qué maniobra simbólica adoptar para no quedarse en la validez fáctica del objeto? Me atrevo a asegurar que éstas han sido las principales interrogantes que ha debido afrontar Javier Ampudia mientras ideaba y desarrollaba, a cuenta y riesgo, un perfil iconográfico para su obra, y con ellas deberíamos también lidiar siempre que intentemos una interpretación sosegada de sus imágenes.

No creo que el papel o las cartulinas, como motivos de la representación hiperrealista en si, constituyan una elección tan novedosa. Tal vez el propio Ampudia ya sea consciente de ello. Resultan recurrentes en composiciones pictóricas o dibujos realizados por creadores cubanos e internacionales. La peculiaridad del uso, o mejor dicho, de la recolocación asumida por este artista, estaría más bien en el lugar y el peso denotativo que le adjudica dentro de la escena, en la sustantividad alegórica que contribuye a retribuirle con ese acento; en el ejercicio de síntesis estructural con el que llega a distanciarse de todas esas escenas recargadas, insulsas, pletóricas de asociaciones inconexas, que hemos visto en varios artistas vinculados, por presunción, a los géneros históricos y a la hiperrealidad.

He venido observando el desarrollo de las representaciones de Javier Ampudia y he comprobado como el artista ha transitado -favorablemente- de la fase de insinuar una serie de rasgos sobre la materia representada (una planta, un ave), a la de dejar que la imagen en sí misma, con la autonomía de su dibujo y el impacto de su visualidad, sea capaz de estimular toda clase de evocaciones y similitudes en el subconsciente del espectador. No cabe dudas de que el artista debería quedarse en ese tratamiento y potenciarlo al máximo; pues, gracias a él, uno puede deducir o interpretar un gesto, una actitud complementaria detrás de cada forma esbozada. El recreo de la figura, la sublimación de su contenido mediante el uso de ciertas tonalidades y delineados, no disocian o diluyen el espíritu de su condición física.

Observo con detenimiento esos papeles estrujados, reducidos de Ampudia, y a pesar de que están en blanco, sin grafía, casi intactos, no dejan de conducirme mentalmente hacia determinadas situaciones conocidas: la ineficacia de un proceso burocrático; la invalidación de una práctica epistolar; la derogación de una ley o dictamen; la confesión temerosa, frustrada; la nota o el mensaje furtivos, sigilosos; el encargo malogrado; la trágica constatación de una verdad; y hasta los embarazosos procesos de elucubración poética. En fin, aspiraciones, tentativas, decesos simbólicos; disyuntivas que convierten la experiencia gnóstica, racional, en un acto profundamente agónico, pero también retador.

David Mateo.

Periodista, editor, crítico y curador de arte.

La Habana, Enero de 2020.

 

 

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